Hay veces que nos levantamos con ganas de nada.
Hay veces que después de hacer todas las obligaciones diarias como aparatos programados te quedas quieta y piensas: ni me muevo.
Hay veces que por mucho que te guste hacer algo, pones todos los pretextos para aplazar la dedicación a ello.
Hay veces que la alegría que te proporcionas tus seres queridos se esfuma en el mismo instante que te quedas sola, sin apenas dejarte ningún regusto.
Y hay veces que sientes todo esto a la vez
En estos espacios de absoluto parón, no tienes más interés de que pase el día sin que te falte el oxígeno para respirar.
Cuando estuve así ni me reconocía en el espejo, dejé de mirarme en él.
Toqué fondo con un ataque de ansiedad tan agobiante que no quiero ni recordar. Solo diré que después de ducharme secándome frente al espejo, me sorprendió la imagen que de mí proyectaba: una persona joven y llena de vida. Me costó pensar que esa era yo.
No sé qué fue realmente lo que me hizo volver a la realidad.
Quedaban semanas para las fiestas navideñas y poco a poco volví a mirar telas, imprimir patrones. Me obligue a coser, las ganas no vinieron de golpe, pero cositas pequeñas, fáciles, una tardes sí, otras muchas no.
Limpie mi habitación de costura, ordené cajones y me sorprendieron las maravillas que guardaban para mí.
Clasifiqué las telas, seleccioné retales, empecé a planear trabajos....planear, imaginar, ilusionarme...
Todas estas palabras volvieron a mi vocabulario.
De costura creativa en facebook vi esta bonita carpeta, yo le dí mi toque personal.
Un neceser.